Lanzan ideario de lectura, en el marco del Día Nacional del Bibliotecario

July 27, 2020

El director General de Bibliotecas, Marx Arriaga, dijo ayer que la Biblioteca Nacional de la UNAM es vista como un bodegón de libros, un almacén o un museo con volúmenes que carecen de un público. Además, aseguró que la Red Nacional de Bibliotecas (RNB) está harta del olvido, del abandono presupuestal y, desde la angustia y la pesadumbre, lanzó el Manifiesto Mexicano de Bibliotecas Públicas, en el marco del Día Nacional del Bibliotecario.

Dicho documento, que enlista 12 puntos, fue enviado ayer a los 15 mil bibliotecarios de todo el país, “para tener una ideología” del bibliotecario, donde destacó ideas como ‘la lectura como forma de misericordia’, y el rechazo a los dirigentes políticos que los obligan a pegar carteles y asistir a mítines, así como de las redes sociales que deben enviar a la silla eléctrica.

Sin embargo, nunca refirió el presupuesto que este año le destinará la Secretaría de Cultura federal, que dirige Alejandra Frausto, ni a cuánto asciende la reducción que debe implementar a causa de los recortes por el covid-19. Excélsior solicitó entrevista con el funcionario, pero al cierre de esta edición no fue concedida.

Durante su alocución, que tuvo errores en la comunicación, habló del abandono en la RNB. “Estamos hartos del olvido y del abandono de nuestra Red Nacional de Bibliotecas Públicas. Estamos cansados de que se nos considere el escalón más bajo de los presupuestos destinados a la cultura y la educación en este país”, expresó.

Y abundó: “Estamos aburridos de la apatía de los intelectuales orgánicos que se quejan por la disminución de sus prestaciones, pero que son incapaces de exigir una biblioteca pública decente. Estamos molestos porque año tras año, vemos desfilar millones de pesos en intervenciones culturales absurdas sin que alguna migaja sea cedida a nuestros espacios”, abundó.

Además, “estamos hartos de ver la fragilidad de nuestra condición, de ser tratados peor que un mueble, como algo desechable o como seres invisibles. Desde esta angustia, desde esta pesadumbre, desde este sufrimiento, se crea el siguiente Manifiesto Mexicano de Bibliotecas Públicas para dejar claro lo que somos y cómo asumimos nuestra condición de fragilidad”.

 
LOS ADOCTRINA

En dicho manifiesto, con sabor a doctrina, Arriaga señaló que los bibliotecarios no deben ser llamados “encargados de la biblioteca” y, aunque su formación sea básica, son bibliotecarios porque asumen con responsabilidad el cuidado de estos libros.

Refirió a los bibliotecarios públicos, docentes y mediadores de lectura que aún no han sido maleados por los presupuestos federales, estatales o municipales y les pidió que mantenerse al margen de los políticos.

Nunca aceptaremos una moneda que tenga la intención de limpiarle el rostro a un político para ganar votos. Aquel que se acerque a una biblioteca y aspire a apoyarla es porque tiene la convicción del valor de la lectura y no intenta pervertir ese sentimiento con un beneficio electoral o patrimonial”, por lo que “rechazamos a los dirigentes políticos que obligan al personal bibliotecario público a pegar carteles, asistir a mítines, recabar firmas o credenciales de votación, para beneficiar a algún candidato”, dijo.

También refirió a la lectura como una forma de misericordia: “Para mí, la lectura se llamará también misericordia y consolará el corazón de los hombres. Nunca, la belleza de las palabras que leo se convertirá en opio adormecedor, sino vino generoso que me enciende para la acción, enciende en mí las ganas de enseñarle a mis compatriotas lo hermoso que es leer”.

Rechazó la idea de una biblioteca modelo para todo el país y contempla una visión hermética sobre las redes sociales: “Google, Wikipedia, Facebook, Twitter, YouTube, TikTok a la silla eléctrica. Negamos de manera tajante toda red electrónica que tenga como meta engañar a la población mexicana, alejándola de los libros físicos y de la información que resguardan”.

Reconoció que los bibliotecarios están cansados del olvido y de la violencia; y en el octavo punto aludió a la Biblioteca Nacional de la UNAM y lo perfiló como “Un bodegón lleno de libros, cerrado o abierto, sin un público leyéndolos, eso no es una biblioteca pública. Eso es un almacén o un museo de libros; eso es la Biblioteca Nacional”.

Sin embargo, “una biblioteca pública debe estar llena de niños, adolescentes y adultos leyendo libros. Sólo la comunión en el presente de todos (lectores, bibliotecarios, libros y espacio bibliotecario) a través de la lectura puede ser considerado como una biblioteca pública. Así, la biblioteca se transforma a cada momento según la necesidad de su público”.

Arriaga también reconoció que “ser bibliotecario público en México no es una profesión, sino una vocación superior.

Ser bibliotecario público, dijo, implica contemplar el dolor ajeno, ocasionado por la ignorancia de las personas, y sufrir al contemplarlo. Además, “es misericordioso con sus usuarios y nunca cierra las puertas a la búsqueda del conocimiento; y asume con nobleza el enseñar con el ejemplo a los hombres y las mujeres con escasas nociones morales como deben ser humanos y clementes, caritativos con el huérfano y con el desvalido, fieles a la amistad, gratos a los favores recibidos, enemigos de la holgazanería y del vicio.

Aseguró que un bibliotecario público es una persona limpia, ordenada y honesta que hace todo lo posible por mantener su biblioteca en buen estado” y alejados de sentimentalismos: “No temblamos, no somos unos sentimentales. Nosotros desgarramos como un furioso viento la ropa de la ignorancia y la mediocridad de espíritu”.

 

 

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