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AL CIELO

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Xalapa - Enríquez, México

El derrumbe de la cuarta pared en 'Hotel California'

September 20, 2019

Desde mi llegada para conocer la propuesta del colectivo teatral Los Escondidos al lugar que tiene por nombre el mismo que el título del trabajo teatral, “Hotel California” anunció su divergencia artística como recorrido escénico experimental que busca el derrumbe de la llamada cuarta pared, aquella formada entre el público y el actor. Una vez anunciado el inicio de la función, los asistentes fueron divididos en seis grupos, los cuales fueron guiados por actores que simulaban ser recepcionistas del hotel. Yo me agregué al grupo asignado con el número 4, con una chica muy amable que previno de los escalones y desniveles a los visitantes en nuestra caminata rumbo a la primera representación.

 

 

Por cuestiones de espacio en la habitación a la que ingresamos, me tuve que ubicar en el balcón de la misma con vista hacia la calle, y desde ahí me dispuse a presenciar la pieza escénica. Dos actores, un joven con vestuario y aspecto formal y una chica delgada de vestido rojo, estaban callados en aquel cuarto. El primero en hablar fue el hombre, con una actitud ofensiva y abusiva en contra de la mujer, quien amedrentada escuchaba los ataques de su interlocutor, un sociópata sexual con historial delictivo significativo. Con una ambientación marginal, aquel individuo manifestó su trastorno sin tapujos, con la comodidad de tener a su víctima en el encierro y dando rienda suelta a su perversión, con un desenlace crudo para el espectador.

 

 

Salí de la habitación en estado de shock, procurando asimilar el mensaje de lo que había visto de la forma más humana posible. En la puerta de la siguiente recámara nos recibió un segundo guía del recorrido, una chica que mencionó con tono crítico el índice de feminicidios recientes en México, la cual, como lo es últimamente en nuestro país, es una cifra alarmante. Con esta reflexión en mi miente, me dispuse a presenciar la segunda escenificación, que abordó la relación amorosa entre dos chicas, una historia conmovedora de amor puro y sincero transgredido por prejuicios de la sociedad, específicamente por aquel que ve con malos ojos las relaciones lésbicas expresadas abiertamente. La sensación generada fue de empatía con los sujetos femeninos y una intensa repulsión hacia el odio gratuito recurrente del género masculino, materializado con el autor del crimen narrado en la trama.

 

 

Seguimos nuestro recorrido guiados por otro joven actor que nos señaló que las piezas teatrales eran representaciones de casos reales de violencia, los cuales estaban marcados con la impunidad como sello distintivo y como parte de la realidad imperante en México durante las últimas décadas. Así, llegamos a una tercera escenificación realizada en un espacio comunal de la segunda planta del hotel, la cual fue plasmada al público, en la lógica dramática, a través de las voces de las víctimas de algunos de los casos recuperados, transmitiendo con ello la crudeza de los sucesos y la decadencia innegable de nuestra sociedad, no sin dejar entrever un halo de esperanza a través de emotivos cánticos en su conclusión.

 

 

Este último fragmento me conmovió hasta los huesos, y con la fuerza de aquellos versos mi ánimo se renovó para realizar el resto del trayecto, que continuó bajando las escaleras en el lobby del hotel. Allí se encontraba una señora sentada en uno de los sillones contemplando la foto de un joven, con un semblante de preocupación en el rostro. Mientras aquella actriz llevó a cabo su interpretación, se reveló que su personaje era el de una madre que partió de su pueblo natal en Guatemala para realizar incasablemente la búsqueda de su hijo desaparecido en el estado de Veracruz, quien, en su intento de cruzar el territorio mexicano para alcanzar el sueño estadounidense, fue víctima de la delincuencia organizada y se convirtió en una más de las desapariciones forzadas que se mantienen sin resolver en nuestro país.

 

 

El efecto que me transmitió esta pieza fue entrañable al ver la motivación ejemplar de la mujer en su objetivo de hallar a su hijo, impulsada por su amor de madre. Con estos pensamientos rondando mi mente, continué aquel recorrido escénico hacía una especie de bodega localizada al fondo del hotel, ambientada de acuerdo a la trama correspondiente. Los personajes eran dos mujeres; una de ellas mantenía cautiva a la otra como consecuencia del secuestro de su marido, pues tenía la certeza de que este delito era obra del hijo de aquella señora. Esta historia fue interpretada de manera intensa por parte de las actrices, ya que la tensión que se mantenía entre ellas se replegó en aquel espacio y se erigió como parte esencial del tono descarnado de la escenificación, la cual contó con un nivel de encarnación profunda expresada a través de gritos, reclamos y un sentido llanto por parte de una de ellas.

 

 

De repente y con la actuación en pleno desarrollo, alguien tocó la puerta de la habitación para notificar la continuación del recorrido, forzando abruptamente la conclusión de aquella composición escénica y dejándonos con la incertidumbre de su desenlace. Al salir, nos condujeron a la recámara en la que se realizaría la última representación del trayecto teatral, una habitación húmeda pero bien iluminada con vista hacia la calle. En esta ocasión, el ingreso a la misma fue de manera invertida porque primero ingresamos quienes conformábamos el público y después la actriz que daba vida al personaje de aquella historia, una joven periodista que recién se instalaba en su nuevo departamento. La chica tenía un aura nostálgica que se dejaba entrever en su tono de voz en llamadas con familiares, en su gusto por la trova cubana de protesta (‘El necio’, de Silvio Rodriguez, en concreto), suspiros recurrentes en su discurso; personalidad que, sin embargo, también tenía su lado combativo, una actitud de lucha social sin disposición para callar las injusticias y atrocidades cometidas por el gobierno.

 

 

Justo en el desenlace de la historia, alguien llamó a la puerta del cuarto avisando que un percance había ocurrido en el hotel y que era necesario salir de éste inmediatamente. Acatando las indicaciones, salimos del edificio con luces de celulares (pues aquello se encontraba en completa oscuridad) hacia la calle para descubrir que nos encaminábamos al verdadero cierre del trayecto escénico. Toda la gente, actores y público que acudió a la función, se dirigió para reunirse en el parque ubicado justo enfrente de la posada formando un amplio círculo en el lugar. Mientras las personas se incorporaron, los actores lanzaron con voz firme consignas antiviolencia, mensajes con un humanismo inherente perceptible en su entonación y sentido, además de sonidos vocales que emulaban un acompañamiento musical para imprimirle mayor impacto al discurso colectivo creado. De esta forma, se consumó una atmósfera sanadora con la conexión lograda entre público y elenco, derrumbando en el proceso la cuarta pared teatral para alcanzar un nivel de catarsis aún más intenso, rodeados de una Xalapa pacífica, hermosamente pletórica, como solía verse en décadas pasadas y que actualmente los habitantes de esta ciudad deseamos volver a tener.   

 

 

 

 

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