La hora bruja

June 3, 2015

Muchas cosas pasan cuando se comparte el vino con una dama, y en especial si el vino es malo y la

dama buena. 

 

Estimado lector, aprovecho las primeras líneas de esta especie de virtual y esporádica columna de cine para darle la bienvenida reiterándole el gusto y satisfacción que sentiré con el favor de su lectura, pero además para poner las cosas en claro y crear una especie de armisticio, #DeUnaBuenaVez. Hablar de cine en la mayoría de los blogs y papeles circulantes suele ser una especie de repaso de novedades, de re anunciamiento de las carteleras de los centros comerciales o una pasarela de los actores más “taquilleros” de los cuales todos recordamos sus caras, pero seis meses después nos es imposible recordar sus nombres. En este sentido le advierto que este espacio no puede encaminarse a ese horizonte. En primera porque como cinéfilo que soy, no sabría cómo hacerlo, y en segunda porque no quiero contribuir a la descarada banalización que el cine ha sufrido, para no ponernos estrictos, desde la segunda mitad de los años ochentas. Tampoco crea que quiero convertir este bloque en el templo de la pulcritud cinematográfica o en un rincón oscuro, aburrido e inaccesible, incluso como suele darse para los buenos cinéfilos. No es el caso, es más, le confieso que ni siquiera quiero hablar de cine porque de alguna manera siempre he pensado que “el cine no es el cine, el cine es todo lo demás”. Visto así, ¿qué le parece que aquí hablemos de todo lo demás?

 

Meses atrás conocí una compatriota con la que una tarde compartía un horrendo vino montenegrino. Contagiada ella por la fiebre post-festival de Cannes, donde dicho sea de paso el mexicano Amat Escalante se erigiera como el mejor director de la última edición del festival, me lanzó una serie de preguntas con un tono que mostraba una inocente desesperación: y en México ¿Qué festivales tenemos? ¿Qué premios hay? ¿A cuál irle? ¿Quién nos mide?

 

Me quedé pasmado por unos instantes, sobre todo pensando por efecto de la última de sus preguntas. ¿Medir al cine? ¡Qué idea más absurda y qué visión más pobre alrededor de un fenómeno tan grande y complejo como es el cine! ¿Cómo medir algo que por naturaleza debe ser diferente? Pensé también en la idea de la competencia que se basa en una justa entre iguales y en la idea que, no siendo explícita, pudiera estar detrás de la idea de competencia en un festival de cine.

 

Recordé también este tipo de comentarios que algunos críticos de cine suelen hacer al referirse a ciertos directores diciendo que “saben ganar festivales”, como si existiera una fórmula al momento de hacer cine que diera como resultado una mención en uno de estos eventos cinematográficos

 

Tratando de encontrar argumentos en contra de esta idea de la preponderancia festivalera, pensé que el cine pudiera tener una dimensión Borgeana; por ejemplo, cuando él menciona a aquél que con placer descubre una etimología, pensé en aquéllos que con placer, y sin saberlo, son cautivados y fascinados por alguna película que encontraron por accidente en un solitario anaquel, descubriendo más tarde que se trataba de una obra considerada como menor de un gran director o incluso de un total desconocido. Quizás la referencia obligada sea el gran Krzysztof Kieslowski quien, a pesar de su obra tan completa y diversas nominaciones, murió sin haber recibido nunca una palma de oro, pero a cambio nos dejó un cine que sigue entrando en lo profundo del alma de quien se atreve a ponerle play a una de sus películas. ¿Acaso Fritz Lang, otro grande que nunca fue, obtuvo un Oscar?

 

Ejemplos puede haber muchos y desde distintos puntos de vista. Con esta pequeña crónica no pretendo decir que los festivales son malos o innecesarios, de hecho, todo lo contrario. Dadas las condiciones actuales de la cinematografía nacional e internacional, es necesario encontrar los espacios y canales de distribución para que más películas puedan ser vistas y hacer crecer una cultura visual. Pero tal vez sería más útil ver la mayoría de los festivales como encuentros de producción y distribución, y no como el cónclave que dicta la lista oficial de películas que son buenas o malas determinando así si deben ser vistas u olvidadas. De hecho, para un director, que se precie de serlo, debería ser un poco pesado e incómodo intentar calificar o descalificar el trabajo de otros colegas en una dinámica de competencia.

 

También tendríamos que analizar que en estos días el número de festivales alrededor del mundo se ha incrementado casi exponencialmente. Por donde quiera hay un sinfín de festivales cinematográficos de todos tamaños, temáticas, categorías, etc., y por el contrario, cada vez es más difícil encontrar una sala de cine, como tal, fuera de los centros comerciales, las cuales además de ser monopolios de distribución no deberían llamarse “salas de cine” puesto que desvirtúan completamente el sentido de ir a ver específicamente una película (dejo al aire este tema). Incluso tendríamos que pensar en los festivales más respetados del mundo, como el mítico y legendario Festival de Cannes que históricamente fue el referente de los grandes directores, de las obras maestras y del cine trascendental, y que hoy es solamente la versión europea de los Oscar americanos regido principalmente por intereses comerciales, fórmulas estéticas y clichés de apertura e internacionalidad.

 

Entonces le espeté, ¿Por qué te preocupan tanto los festivales? ¿Deberían influir estos en la carrera de los directores de cine? Esto y otras cosas más discutí con aquella dama que por momentos me miraba como si no entendiera de lo que hablaba y por otros su rostro sólo demostraba su enojo por mi supuesta arrogancia. Después cambiamos el tema de conversación a otro menos interesante. Finalmente nos despedimos con toda cortesía planeando la próxima salida. Y a pesar de lo buena que era en intenciones, gracias al cielo no volvió a llamarme.

 

 

 

 

 

 

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